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Ruta por el nordeste de La Palma

La Palma | Senderismo con vistas al mar

Suelo decir que La Palma es una isla continente por aquello de que en un solo día puedo pasar del mar a la cumbre o del calor al fresco en un espacio muy reducido de tiempo. Eso es único en el mundo, además de verdad, como única es la ruta por el nordeste de La Palma que supone un perfecto ejemplo de lo que describo.


Todo empieza en el mar, ese es el origen de la vida, así que nada mejor que sentir el salitre del Atlántico sobre mi piel. ¿Dónde? En el Charco Azul, magnífico, limpio, ordenado pero, sobre todo, tranquilo ante los embates del bravo mar. Allí llego tras un pequeño paseo por la capital. Me doy un baño refrescante y relajado en esta piscina natural, un lugar donde desconectar de todo antes de continuar mi ruta más hacia el norte de la isla.





A poca distancia del Charco Azul, yo que soy muy golosa, me acerco a la fábrica de ron Aldea, histórica, donde veo que hacen de lo cotidiano un lujo. De la caña de azúcar extraen oro líquido. Visito la fábrica y decido comprar una botella de ron para llevar a casa y así compartirlo con la familia.


Arranco el coche y una sinuosa y bonita carretera que discurre entre plataneras me lleva a la Villa de San Andrés. Esta es más histórica aún que la fábrica de ron y me parece uno de los pueblos más bonitos que he visitado en la isla de La Palma. Se demuestra que los lugares pequeños guardan más encanto que las grandes ciudades.


La Villa de San Andrés, como en casa


Todo lo negativo que traje en la maleta se va esfumando al pasear por la Villa. Un “barraquito” (bebida de café muy popular en Canarias) en el bar de la esquina, un paseo por la iglesia de San Andrés Apóstol (yo tampoco sabía que era de las más antiguas de la isla) y una charla con don Andrés hacen que levantarme de la cama haya merecido la pena.


Ya podría dar el día por bueno pero sigo, intuyo que hay más. Así que, tras tomarme una cerveza Pícara (una de las cervezas artesanales elaboradas en la isla de La Palma) acompañada de unas aceitunas junto a la iglesia del pueblo, continúo mi ruta por el nordeste de La Palma.


De nuevo monto en el coche y me dejo llevar carretera arriba como si el aire marino me empujara hacia un lugar determinado. Curva va, curva viene y comienzo a ver que el color verde me rodea. Primero tímidamente comienza a predominar y después ya me absorbe completamente.



Los Tilos en La Palma, un mundo verde


El viento sopla y al golpear el bosque deja todo húmedo a su alrededor. No me he confundido, estoy en pleno bosque de laurisilva. Bajo las ventanillas del coche y respiro fuerte, ¿puede haber aire más puro que este?


Al final de la carretera veo una casita, se trata del Centro de Visitantes de Los Tilos, sede y punto de referencia en esta zona de la isla de La Palma. Me encuentro visitando un espacio especialmente protegido y que, además, fue la primera zona de la isla en ser galardonada por la UNESCO como Reserva de la Biosfera, que no es poco decir. Este frondoso bosque alberga decenas de endemismos tanto animales como vegetales. Asombro y responsabilidad son mis sentimientos, qué bonito y qué compromiso durante mi visita, quiero alterar el lugar lo menos posible.


Reflexiono también sobre los contrastes de la isla y es que todo me parece increíble. Hace un rato estaba junto al mar disfrutando de un baño en el Charzo Azul y pocas horas después me encuentro como en el interior de una gran y húmeda selva.


Suerte que conozco los famosos microclimas de la isla y he venido preparada. En el maletero del coche llevo unas botas de caminata, así como un suéter para abrigarme, pues sabía que en el interior de la temperatura puede descender unos grados de la costa a la montaña.


Mi objetivo es llegar hasta la famosa cascada de Los Tilos. Así que me señalan desde el Centro de Visitantes un pequeño y cómodo sendero que se completa en tan solo 10 minutos para así llegar hasta ella. Lo inicio y poco a poco me abro camino entre antiguas galerías. Todo está muy bien habilitado, así que es muy fácil seguir el camino correcto. El final del mismo es inequívoco. El fuerte ruido la delata, debo estar muy cerca de la cascada.


De repente, frente a mí aparece una magnífica caída de agua, pero en esta ocasión no es salada, sino dulce, aunque igual de fresca que la del mar. Me encuentro junto a la cascada de Los Tilos, un gran salto de agua que parece brotar de las mismísimas montañas. Espectacular.


Buscos los mejores ángulos para las fotos, camino de aquí para allá, pido al primero que pasa por allí que me retrate con el agua saltando tras de mí e, incluso, me atrevo a acercarme a tocar el agua que cae. Qué maravilla. Poco puede superar este momento.


#Discoverplus #LaPalma

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